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LA METAMORFOSIS


Tatiana era una jovenzuela de quince años de buen ver y mejor gustar. Su aventajada estatura le permitía poder prescindir de esas horrendas plataformas que las muchachas de su edad se veían obligadas a usar para tener más opciones a la hora de abordar puertas de bares y discotecas. Su escultural figura no pasaba desapercibida: eran muchos los obreros de construcción, camioneros y taladradores de aceras que se volvían al verla pasar, y más las guarrerías que salían de sus deformadas fauces, tales como “ven aquí, que te pongo la antitetánica” o “¡quién la piyara cagando!”.

Sin embargo, la feliz vida de Tatiana, deseada por todos los pavos del instituto y envidiada por toda esa fauna de pubertas que embadurnan sus carpetas con las fotos de Bustamante y demás gilipollas, sufrió un atroz cambio cierto trágico día. Fue algo repentino: al morder la hamburguesa recién adquirida en un salchichauto, sintió que se le iba la cabeza. ¡Cuál no fue su sorpresa cuando, apenas segundos después, se vio reflejada en el cristal de un escaparate! ¡Horror! ¡Se había convertido en la hermana gemela del monigote de Michelín!

Su cuerpo era ahora una masa sebosa rebosante de michelines, y sus estilizadas piernas de gacela se habían tornado en fofas patas de hipopótamo. Su admirado “cuerpo Danone” era ahora “morcilla chorreante”, e incluso su voz de soprano lírica se había embrutecido hasta confundirse con el bocinón de un superpetrolero. Más aún: su fino y terso cutis era ahora un patético patatal de granos, diviesos y pústulas, sus bellos ojos verdes eran pasto de las cataratas, y su respingona nariz semejaba una salchichota de la cual manaba un incesante fluido mucal.

Tal profundo cambio físico vino acompañado por una alteración radical de su carácter: lejos de abandonar el instituto, enclaustrarse en casa para siempre y convertirse en internetmaníaca, comenzó a sentir un volcánico e imparable fuego interior que le llevó a convertirse, en el breve plazo de aquí te pillo, aquí te mato, en la mayor asaltahombres jamás conocida. Desde entonces frecuenta restaurantes de camioneros, mataderos municipales y brigadillas de currantes del ayuntamiento, y el índice de siniestralidad entre los leñadores de la comarca rebasa cualquier estadística mínimamente sensata. Por supuesto, ni qué decir tiene que los obreros de la construcción ya no llevan bocata al curro, y la media hora la invierten en la antitetánica.

KAPEZ KAP